Elizabeth Conde-Frazier es una teóloga práctica y pastora ordenada dentro de las Iglesias Bautistas Americanas. Fue previamente fundadora y directora del Programa de Ministerios Hispanos y Latinoamericanos Orlando E. Costas en la Escuela Teológica Andover Newton, profesora asociada de educación religiosa en la Escuela de Teología Claremont, y decana académica y vicepresidenta de educación de la Escuela Esperanza de la Universidad Eastern. Conde-Frazier fue directora de la Asociación para la Educación Teológica Hispana (AETH), y es autora de A Many Colored Kingdom y Atando Cabos, entre otras obras notables.
Alexia Salvatierra: Quiero escuchar más sobre tu trayectoria a través de la educación teológica hispana. Tú eres una de esas personas que ha estado en este campo por muchos años. ¿Cómo ha cambiado tu perspectiva a través de los años? ¿Cómo ha cambiado el campo?
Elizabeth Conde-Frazier: Mi trayectoria empezó cuando era pastora de una nueva iglesia. Cuando llegué, nadie sabía cómo servir la Santa Cena. Nadie sabía cómo ser ujieres. Nadie sabía cómo hacer nada. Recuerdo estar ahí los primeros dos domingos, teniendo que hacer todo. Tuve que cultivar líderes. Eso fue lo que hice. Entrené, entrené, y entrené.
El área de crear discípulos es un área educacional, y esa fue la pieza más importante en mi iglesia. En parte el discipulado tenía que ver con el conocimiento de cómo ibas a servir a Dios. Eras discipulado/a para poder servir, para poder conocer tu propósito completo como discípulo/a. Debías formar parte de la obra de Dios en el mundo. Y necesitabas entrenamiento para realizarlo. Había un himno llamado “Da lo Mejor al Maestro”. No era solamente tener un llamado o tener carisma y hacer lo que quisieras. ¡No te lances ahí porque vas a arruinar las cosas! Un llamado no es suficiente. Necesitas entrenamiento para realizar el llamado—tienes que caminar esta jornada para ser discipulado/a.
Luego, formé parte de la junta directiva de las Iglesias Bautistas Americanas. Serví en el área de ministerios educacionales, con asuntos como la educación continua para pastores y entrenamiento para liderazgo laico. La educación continua era absolutamente importante si es que íbamos a tener pastores dirigiendo iglesias dinámicas que iban a crear más discípulos/as, y si es que íbamos a tener personas laicas sirviendo en la comunidad. Yo entrené a personas que ni siquiera habían crecido en la iglesia, por ello estas cosas eran muy importantes.
La denominación ofrecía conferencias en un centro de retiro en Wisconsin llamado Green Lake. Así que los envié a Green Lake. Me sentaba contigo y te decía, “Alexia, este verano, vas a tomarte una semana de tus vacaciones y la vas a dedicar a Dios. Te voy a enviar a Wisconsin para obtener un entrenamiento especial. Y como trabajas bien con niños/as, vas a aprender sobre eso”.
Tú me decías tal vez, “Oh, pero nunca he volado en avión. No puedo hacer esto. Blah, blah, blah”.
“Sí puedes hacer esto. Vas a juntar x-cantidad de dinero. La iglesia te va a apoyar con y-cantidad. La denominación te dará z-cantidad. No vas a ir sola. Tengo una comunidad de personas y cuando llegues, te van a decir, ‘Oh, tú eres Alexia Salvatierra, y Elizabeth Conde-Frazier es tu pastora. Sí, ya sabemos acerca de ti. Pasa adelante por favor’. Y te van a tratar de maravilla”. Las personas empezaron a aprender.
Yo tomé ventaja de toda oportunidad de entrenamiento. Recuerdo haber llevado a una mujer que había trabajado con adictos y alcohólicos a un entrenamiento para pastores en New London. En la mesa de registro, en frente de la misma mujer que me acompañaba, me dijeron, “Bueno, si ella no es ministro, no puede estar aquí. Es solamente para pastores.” ¡No lo podía creer!
Respiré profundo y dije, “En la iglesia latina, no hacemos nada para pastores-solamente. Somos quienes somos. Traemos a nuestra gente laica. Somos la iglesia y sin esta mujer, no puedo realizar el ministerio. ¡Ella es la experta! Yo vine aquí a aprender junto a ella, y usted la va a aceptar. Así que no me importan sus reglas. No tienen nada que ver conmigo culturalmente. Vea usted cómo se las arregla”. Y fui y me senté junto a ella. Después, ¡la hice que hablara en voz alta porque sus comentarios eran muy valiosos para mí! Le dije, “Párate y dilo en voz alta”. Les enseñé a hablar en alto, cómo decir lo que pensaban, cómo ser valorados/as.
Me los llevé a todo entrenamiento denominacional que había disponible.
Yo envié a líderes a un programa de entrenamiento en el Seminario Teológico Andover Newton (ANTS). Ellos entrenaban a las personas de la iglesia a formar parte de un comité de parroquias, y llegamos a ser la primera iglesia hispana que lo hizo. Escogí a personas de mi iglesia para que fueran, incluyendo un jóven de 11 años, porque el 67 por ciento de mi iglesia eran niños/as. Necesitaba personas que representaran mi iglesia en este comité, por lo cual, era imposible no tener un niño en ese comité. Recuerdo que mi gente laica me decía, “Oh, es que no hablo inglés”. Yo les decía, “¿Sabes qué? Ya les dije que algunos de ustedes no van a hablar bien el inglés, y que ellos tenían que ver cómo se las arreglaban, ¿está bien?” Esto me apasionaba. Yo confiaba que ANTS iba a ser consciente de esto y los enviaba. Regresaban emocionados/as de la experiencia porque se sentían empoderados/as. Y fue así cómo las personas en mi iglesia aprendieron a ser líderes—aprendiendo a lidiar con denominaciones, con instituciones, con programas y toda la política relacionada. Se vieron a sí mismos como líderes.
Eventualmente ANTS me pidió que fuera la directora fundadora de su nuevo Programa de Ministerios Hispanos y Latinoamericanos Orlando E. Costas y les contesté que absolutamente no. No estaba interesada en trabajar para una institución. Le dije a Dios que era lo último que yo quería hacer.
AS: Decirle a Dios eso es peligroso. Es una bandera roja, ¡estás buscando meterte en problemas!
ECF: ¿Verdad que sí? Si no dejas que Dios entre por la puerta de enfrente, Él busca cómo entrar por atrás! Le dije a ANTS, “Yo no soy esa persona, pero aquí les doy nombres de personas que pueden llamar. Ustedes necesitan que la comunidad latina de su opinión—no solo escojan a una persona”. Regresaron y me dijeron, “De hecho, Elizabeth, ya hablamos con esas personas, y ellas dijeron que tú eras la persona adecuada”.
AS: Me encanta. ¡Esa fue la puerta de atrás!
ECF: Así que hablé con mis diáconos; ellos eran personas con quienes yo discernía cosas—cinco mujeres y cinco hombres. Uno de los diáconos con lágrimas en sus ojos me dijo, “Hermana, sabíamos que esto iba a suceder. En nuestro retiro de diáconos, el Señor nos dijo que nos preparáramos porque Dios la iba a llevar a un ministerio donde iba a crear nuevas cosas”. Luego la diaconisa dijo, “Y yo tuve una visión de ese lugar donde va a ir”. Ella nunca había estado en Andover Newton, pero lo describió exactamente tal y como era y luego dijo, “Usted va a dar a luz nuevas cosas para Dios”. Todos/as lloramos en mi oficina y me levanté para ir a la cocina. Ahí se me acercó una mujer jóven muy cercana a mí y me dijo, “Hoy me levanté esta mañana y Dios me dijo que ayunara y orara. Me dijo que orara por usted y luego Dios me mostró esta posición”. Y ella puso mi cuerpo en forma como de dar a luz. Una postura de dar a luz cuando alguien está en labor de parto por muchas horas; estás rodilla con rodilla y te apoyas en los hombros de la otra persona, y ella te ayuda a pujar, a dar a luz. Ella me dijo, “Esta es la posición que debes tomar para dar a luz a las nuevas cosas del Señor”.
AS: Así que fuiste.
ECF: Estuve ahí 11 años. Tuve que desarrollar ese programa para que pudiera servir a las personas laicas, pastores/as y jóvenes. Hicimos todo. Hicimos música, arte, ayudamos a los pastores a entender su nuevo contexto.
En este rol pude llegar a conocer a directores de programas hispanos en varias escuelas por toda la nación. Todos/as estábamos lidiando con los mismos asuntos. La diferencia es que muchas de esas personas que ya eran directores tenían doctorados, yo no. Ellas asumían que yo sí lo tenía. Así que cada vez que me pedían que diera una presentación, yo me preparaba lo mejor que podía sabiendo que no tenía el doctorado, y sabía que tenía que mostrar mi valor. Alguien finalmente vino y me dijo, “Vete, vete, tú no tienes un doctorado. Tienes que ir y buscar tu doctorado”.
Yo necesitaba algo que me ayudara a integrar diferentes disciplinas—que pudiera integrar teología, con Biblia, con educación, etc. Encontré un programa en Boston College. No pensé que me aceptaran porque era un programa Católico. Nunca habían tenido a un latino o una latina anteriormente. Así que pensé, bueno veamos si me aceptan en otro programa pero al menos practico aplicando para este programa primero. ¡Pero mi sorpresa vino cuando me aceptaron!
Cuando terminé, 43 personas vinieron a la defensa de mi disertación, porque era abierta al público, ¿no? Vinieron y parte de mi disertación fue en español. Típicamente hay una recepción a continuación y luego todo el mundo se va a casa. Pero no fue así con los latinos/as. La gente trajo sus guitarras. Empezaron a cantar y luego a profetizar. Misioneros, amigos/as de todo tipo de ministerios, gente de toda Nueva Inglaterra.
AS: Porque fue la defensa de ellos/as, no solo la tuya.
ECF: Exactamente. Porque tenía que ver con ellos/as. Se trataba de su comunidad. Hice todo el trabajo con ellos/as. Sus palabras estaban dentro de esa disertación. Si ves la disertación original, verás que las citas son en español, y las citas al pie de página son en inglés. Yo luché por
eso. Yo quería que las palabras de mi gente estuvieran ahí de la misma forma que llegaron, tal como eran. Fue interesante, ¿no?
Estuve sirviendo un año más en ANTS antes que me pidieran que aplicara para una posición en Claremont. Fui profesora en Claremont por diez años. Dios fue bueno conmigo en ese tiempo. El Espíritu Santo es maravilloso. Déjame contarte amiga. Sin el Espíritu Santo, no hay jornada para Elizabeth Conde-Frazier. Y esa es la mera verdad.
Alexia Salvatierra es decana académica para el Centro Latino.
Elizabeth Conde-Frazier es una teóloga práctica y pastora ordenada dentro de las Iglesias Bautistas Americanas.
Elizabeth Conde-Frazier es una teóloga práctica y pastora ordenada dentro de las Iglesias Bautistas Americanas. Fue previamente fundadora y directora del Programa de Ministerios Hispanos y Latinoamericanos Orlando E. Costas en la Escuela Teológica Andover Newton, profesora asociada de educación religiosa en la Escuela de Teología Claremont, y decana académica y vicepresidenta de educación de la Escuela Esperanza de la Universidad Eastern. Conde-Frazier fue directora de la Asociación para la Educación Teológica Hispana (AETH), y es autora de A Many Colored Kingdom y Atando Cabos, entre otras obras notables.
Alexia Salvatierra: Quiero escuchar más sobre tu trayectoria a través de la educación teológica hispana. Tú eres una de esas personas que ha estado en este campo por muchos años. ¿Cómo ha cambiado tu perspectiva a través de los años? ¿Cómo ha cambiado el campo?
Elizabeth Conde-Frazier: Mi trayectoria empezó cuando era pastora de una nueva iglesia. Cuando llegué, nadie sabía cómo servir la Santa Cena. Nadie sabía cómo ser ujieres. Nadie sabía cómo hacer nada. Recuerdo estar ahí los primeros dos domingos, teniendo que hacer todo. Tuve que cultivar líderes. Eso fue lo que hice. Entrené, entrené, y entrené.
El área de crear discípulos es un área educacional, y esa fue la pieza más importante en mi iglesia. En parte el discipulado tenía que ver con el conocimiento de cómo ibas a servir a Dios. Eras discipulado/a para poder servir, para poder conocer tu propósito completo como discípulo/a. Debías formar parte de la obra de Dios en el mundo. Y necesitabas entrenamiento para realizarlo. Había un himno llamado “Da lo Mejor al Maestro”. No era solamente tener un llamado o tener carisma y hacer lo que quisieras. ¡No te lances ahí porque vas a arruinar las cosas! Un llamado no es suficiente. Necesitas entrenamiento para realizar el llamado—tienes que caminar esta jornada para ser discipulado/a.
Luego, formé parte de la junta directiva de las Iglesias Bautistas Americanas. Serví en el área de ministerios educacionales, con asuntos como la educación continua para pastores y entrenamiento para liderazgo laico. La educación continua era absolutamente importante si es que íbamos a tener pastores dirigiendo iglesias dinámicas que iban a crear más discípulos/as, y si es que íbamos a tener personas laicas sirviendo en la comunidad. Yo entrené a personas que ni siquiera habían crecido en la iglesia, por ello estas cosas eran muy importantes.
La denominación ofrecía conferencias en un centro de retiro en Wisconsin llamado Green Lake. Así que los envié a Green Lake. Me sentaba contigo y te decía, “Alexia, este verano, vas a tomarte una semana de tus vacaciones y la vas a dedicar a Dios. Te voy a enviar a Wisconsin para obtener un entrenamiento especial. Y como trabajas bien con niños/as, vas a aprender sobre eso”.
Tú me decías tal vez, “Oh, pero nunca he volado en avión. No puedo hacer esto. Blah, blah, blah”.
“Sí puedes hacer esto. Vas a juntar x-cantidad de dinero. La iglesia te va a apoyar con y-cantidad. La denominación te dará z-cantidad. No vas a ir sola. Tengo una comunidad de personas y cuando llegues, te van a decir, ‘Oh, tú eres Alexia Salvatierra, y Elizabeth Conde-Frazier es tu pastora. Sí, ya sabemos acerca de ti. Pasa adelante por favor’. Y te van a tratar de maravilla”. Las personas empezaron a aprender.
Yo tomé ventaja de toda oportunidad de entrenamiento. Recuerdo haber llevado a una mujer que había trabajado con adictos y alcohólicos a un entrenamiento para pastores en New London. En la mesa de registro, en frente de la misma mujer que me acompañaba, me dijeron, “Bueno, si ella no es ministro, no puede estar aquí. Es solamente para pastores.” ¡No lo podía creer!
Respiré profundo y dije, “En la iglesia latina, no hacemos nada para pastores-solamente. Somos quienes somos. Traemos a nuestra gente laica. Somos la iglesia y sin esta mujer, no puedo realizar el ministerio. ¡Ella es la experta! Yo vine aquí a aprender junto a ella, y usted la va a aceptar. Así que no me importan sus reglas. No tienen nada que ver conmigo culturalmente. Vea usted cómo se las arregla”. Y fui y me senté junto a ella. Después, ¡la hice que hablara en voz alta porque sus comentarios eran muy valiosos para mí! Le dije, “Párate y dilo en voz alta”. Les enseñé a hablar en alto, cómo decir lo que pensaban, cómo ser valorados/as.
Me los llevé a todo entrenamiento denominacional que había disponible.
Yo envié a líderes a un programa de entrenamiento en el Seminario Teológico Andover Newton (ANTS). Ellos entrenaban a las personas de la iglesia a formar parte de un comité de parroquias, y llegamos a ser la primera iglesia hispana que lo hizo. Escogí a personas de mi iglesia para que fueran, incluyendo un jóven de 11 años, porque el 67 por ciento de mi iglesia eran niños/as. Necesitaba personas que representaran mi iglesia en este comité, por lo cual, era imposible no tener un niño en ese comité. Recuerdo que mi gente laica me decía, “Oh, es que no hablo inglés”. Yo les decía, “¿Sabes qué? Ya les dije que algunos de ustedes no van a hablar bien el inglés, y que ellos tenían que ver cómo se las arreglaban, ¿está bien?” Esto me apasionaba. Yo confiaba que ANTS iba a ser consciente de esto y los enviaba. Regresaban emocionados/as de la experiencia porque se sentían empoderados/as. Y fue así cómo las personas en mi iglesia aprendieron a ser líderes—aprendiendo a lidiar con denominaciones, con instituciones, con programas y toda la política relacionada. Se vieron a sí mismos como líderes.
Eventualmente ANTS me pidió que fuera la directora fundadora de su nuevo Programa de Ministerios Hispanos y Latinoamericanos Orlando E. Costas y les contesté que absolutamente no. No estaba interesada en trabajar para una institución. Le dije a Dios que era lo último que yo quería hacer.
AS: Decirle a Dios eso es peligroso. Es una bandera roja, ¡estás buscando meterte en problemas!
ECF: ¿Verdad que sí? Si no dejas que Dios entre por la puerta de enfrente, Él busca cómo entrar por atrás! Le dije a ANTS, “Yo no soy esa persona, pero aquí les doy nombres de personas que pueden llamar. Ustedes necesitan que la comunidad latina de su opinión—no solo escojan a una persona”. Regresaron y me dijeron, “De hecho, Elizabeth, ya hablamos con esas personas, y ellas dijeron que tú eras la persona adecuada”.
AS: Me encanta. ¡Esa fue la puerta de atrás!
ECF: Así que hablé con mis diáconos; ellos eran personas con quienes yo discernía cosas—cinco mujeres y cinco hombres. Uno de los diáconos con lágrimas en sus ojos me dijo, “Hermana, sabíamos que esto iba a suceder. En nuestro retiro de diáconos, el Señor nos dijo que nos preparáramos porque Dios la iba a llevar a un ministerio donde iba a crear nuevas cosas”. Luego la diaconisa dijo, “Y yo tuve una visión de ese lugar donde va a ir”. Ella nunca había estado en Andover Newton, pero lo describió exactamente tal y como era y luego dijo, “Usted va a dar a luz nuevas cosas para Dios”. Todos/as lloramos en mi oficina y me levanté para ir a la cocina. Ahí se me acercó una mujer jóven muy cercana a mí y me dijo, “Hoy me levanté esta mañana y Dios me dijo que ayunara y orara. Me dijo que orara por usted y luego Dios me mostró esta posición”. Y ella puso mi cuerpo en forma como de dar a luz. Una postura de dar a luz cuando alguien está en labor de parto por muchas horas; estás rodilla con rodilla y te apoyas en los hombros de la otra persona, y ella te ayuda a pujar, a dar a luz. Ella me dijo, “Esta es la posición que debes tomar para dar a luz a las nuevas cosas del Señor”.
AS: Así que fuiste.
ECF: Estuve ahí 11 años. Tuve que desarrollar ese programa para que pudiera servir a las personas laicas, pastores/as y jóvenes. Hicimos todo. Hicimos música, arte, ayudamos a los pastores a entender su nuevo contexto.
En este rol pude llegar a conocer a directores de programas hispanos en varias escuelas por toda la nación. Todos/as estábamos lidiando con los mismos asuntos. La diferencia es que muchas de esas personas que ya eran directores tenían doctorados, yo no. Ellas asumían que yo sí lo tenía. Así que cada vez que me pedían que diera una presentación, yo me preparaba lo mejor que podía sabiendo que no tenía el doctorado, y sabía que tenía que mostrar mi valor. Alguien finalmente vino y me dijo, “Vete, vete, tú no tienes un doctorado. Tienes que ir y buscar tu doctorado”.
Yo necesitaba algo que me ayudara a integrar diferentes disciplinas—que pudiera integrar teología, con Biblia, con educación, etc. Encontré un programa en Boston College. No pensé que me aceptaran porque era un programa Católico. Nunca habían tenido a un latino o una latina anteriormente. Así que pensé, bueno veamos si me aceptan en otro programa pero al menos practico aplicando para este programa primero. ¡Pero mi sorpresa vino cuando me aceptaron!
Cuando terminé, 43 personas vinieron a la defensa de mi disertación, porque era abierta al público, ¿no? Vinieron y parte de mi disertación fue en español. Típicamente hay una recepción a continuación y luego todo el mundo se va a casa. Pero no fue así con los latinos/as. La gente trajo sus guitarras. Empezaron a cantar y luego a profetizar. Misioneros, amigos/as de todo tipo de ministerios, gente de toda Nueva Inglaterra.
AS: Porque fue la defensa de ellos/as, no solo la tuya.
ECF: Exactamente. Porque tenía que ver con ellos/as. Se trataba de su comunidad. Hice todo el trabajo con ellos/as. Sus palabras estaban dentro de esa disertación. Si ves la disertación original, verás que las citas son en español, y las citas al pie de página son en inglés. Yo luché por
eso. Yo quería que las palabras de mi gente estuvieran ahí de la misma forma que llegaron, tal como eran. Fue interesante, ¿no?
Estuve sirviendo un año más en ANTS antes que me pidieran que aplicara para una posición en Claremont. Fui profesora en Claremont por diez años. Dios fue bueno conmigo en ese tiempo. El Espíritu Santo es maravilloso. Déjame contarte amiga. Sin el Espíritu Santo, no hay jornada para Elizabeth Conde-Frazier. Y esa es la mera verdad.
Alexia Salvatierra es decana académica para el Centro Latino.
Elizabeth Conde-Frazier es una teóloga práctica y pastora ordenada dentro de las Iglesias Bautistas Americanas.
Fui académica de la iglesia. Yo enseñaba en el Instituto Bíblico, pero yo enseñaba para la iglesia—para denominaciones, lo que tuviera que ver con entrenamiento de personas laicas. Yo enseñaba para la iglesia. Yo traje riquezas a la iglesia. Enseñé cosas que yo sabía no se iban a encontrar en los libros. No voy a mencionar las casas de publicaciones, pero estas instituciones simplificaban demasiado las cosas para nuestra gente y no terminaban enseñando nada. Y me enojaba ver que estos libros simplificaban las cosas y hablaban de un mar de cosas con un centímetro de profundidad. Yo pensaba, “Mi gente sabe más que esto”.
Cada vez que tuve la oportunidad de estar frente a la gente, les traía cosas grandes, de la misma manera que yo enseñaba en el seminario. Yo le enseñaba a la gente creyendo que Dios les había dotado de cerebros y que ellos/as sabían utilizarlos. Eso era lo que ellos/as buscaban. Tenían sed. Querían las cosas profundas del Espíritu. Querían ser mejores líderes. Estaban comprometidos/as. Eran dedicados/as. Esto lo hice por todo el país. Lo hice en Puerto Rico. Lo hice en todo lugar donde me invitaban. Todo esto es educación teológica.
Una vez fui y hablé a un grupo de mujeres; casi 2,000 mujeres se apuntaron para el evento. Mi presentación iba a incluir términos hebreos y griegos porque en mi opinión la gente tiene cerebros. El caballero que estaba a cargo del evento me dijo que estas mujeres no iban a entender: “Son mujeres humildes. Ellas no pueden esto, no pueden aquello”. Eso hizo arder un fuego dentro de mí. Sin embargo las mujeres no solo entendieron, sino que también repitieron todo el griego y todo el hebreo. Hablaban de ello durante el almuerzo. Estaban fascinadas. Luego, este hombre me dijo, “Usted ha arruinado mi vida. Ahora debo pensar de una manera diferente—todas las relaciones con todas las mujeres en mi vida”. Le dije, “Que bueno. Esa era la intención”. Esto es lo que debe de hacer la educación teológica.
Debe haber una llenura del Espíritu, porque Alexia, yo no pude haber hecho nada de esto sin el poder del Espíritu. No puedes. Puedes decir lo que tú quieras. Puede ser fantástico. Puede ser maravilloso. Pero si el Espíritu no llena tus palabras y los corazones de la gente para recibirlas en ese momento, olvídate, no vale para nada. Pero si el Espíritu llena tus palabras. . . entonces esta trayectoria ha sido guiada por el Espíritu.
AS: ¿Puedes compartir sobre tu trabajo con AETH y la Escuela Esperanza?
ECF: Una pieza que siempre faltaba en la educación teológica era el diploma universitario. La gente tenía que hacer malabares para que su trabajo en el instituto bíblico contara hacia los programas de maestría. Y teníamos que abrir camino para que la gente no fracasara. Teníamos que buscar maneras de enseñarle a la gente antes que empezaran la maestría, enseñarles cómo leer un artículo teológico, pues tenía que ser de una manera particular.
AS: Es un idioma.
ECF: ¿Verdad? Les enseñamos cómo investigar. Les enseñamos algo de filosofía, información literaria, todo eso. Había que enseñarles a las personas para que pudieran lograrlo. Y fue difícil. Tomé parte de ese trabajo con AETH, y lo que se ha hecho con las certificaciones. Eso es algo muy importante que tomó lugar de manera que si un instituto bíblico deseaba obtener la certificación o el estándar de bachillerato, las personas pudieran avanzar a un programa de maestría. Pude participar en esa jornada para que esto se pudiera lograr. Esta fue una de esas cosas que siempre dijimos debía suceder en la educación teológica entre los hipanos—ya que había un vacío del diploma universitario.
AS: Correcto.
ECF: Tuve la oportunidad de trabajar a nivel universitario. Pasé de trabajar en Claremont a trabajar en la Universidad Eastern (Eastern University) al nivel universitario. Pero fue un programa no tradicional dirigido a gente que nunca se imaginó asistir a la universidad, que ni siquiera conocían a Dios, tal vez ni les importaba Dios—ya que venían de una cultura que había sido traumada por la violencia.
AS: Este es el programa en Filadelfia. Escuela Esperanza de la Universidad Eastern.
ECF: Sí. Habían sido traumatizados por la pobreza en sus vidas. Habían sido traumatizados por la violencia en sus comunidades. Habían sido traumatizados por la violencia de la cárcel. Si quieres conocer el infierno, ve a la prisión. Las cosas que le hacen a los prisioneros aquí ni siquiera se lo hacen a los prisioneros internacionales. Algunos de ellos entraron al servicio militar porque era la única respuesta financiera. Regresaban de Afganistán o Irak, y venían con síndrome pos-traumático severo, ¿no? Teníamos que trabajar con esto. Si no crees que todavía existen los milagros, este era el lugar donde podías ir a trabajar y depender de Dios, y podías ver los milagros. Fueron diez años de ver milagros.
Durante esa época fue que empecé a escribir Atando Cabos, para reflexionar en la pregunta, ¿Qué es la educación teológica? La educación teológica en su mejor forma, redime. Nos redime de todas las mentiras que nos dice la discriminación; nos redime de todos los daños en nuestras vidas. Nos redime porque es creer que podemos llegar a ser quien Dios dice que somos.
AS: Y eso es lo hace la educación teológica: Te ayuda a creer que puedes llegar a ser quien Dios dice que eres y luego te equipa para lograrlo.
ECF: Llegas a la plenitud de la estatura de Cristo como lo dice Efesios. Es para edificar la iglesia. No es tener diplomas o lo que sea. Es la edificación de la iglesia, es llegar a su plenitud para realizar el trabajo de la basilea. Y no puedes hacer esto si no tienes discípulos/as que han sido redimidos/as de estos otros aspectos.
AS: Aleluya. Aleluya. Así se dice.
ECF: Que la luz brilla en la oscuridad.
AS: Y la oscuridad no la comprende.
ECF: ¡Y no la puede apagar! ¡No la puede!
Kim Bermúdez, coordinadora de traducciones de Fuller, escribe una reflexión sobre el impacto significativo que el Centro Latino ha tenido en la iglesia durante sus 50 años.